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Sorolla pintó el sol con ocho colores

La gente mira los cuadros de playa de Sorolla y ve una explosión de color. Cuenta los pigmentos: son unos ocho. La luz no venía del número, venía de las relaciones.

Un joven pintor visita el estudio de Joaquín Sorolla en Madrid, ve una tela a medio terminar en la que chorrea luz mediterránea, y le pregunta cuántos colores usa. Sorolla le enseña la paleta. Hay ocho.

La cifra no es poética. Varía según la fuente, pero todas las listas reales que existen del pintor incluyen más o menos lo mismo: blanco de plomo, amarillo de Nápoles, ocre amarillo, siena tostada, bermellón, laca de granza, azul ultramar, negro marfil. Ocho. A veces nueve. Nunca catorce.

Sorolla pintó durante cuarenta años la luz más difícil de Europa, el sol vertical del Levante, con esa paleta. Y sus cuadros no lucen limitados. Al contrario, son de los más luminosos de todo el siglo XIX.

¿Cómo funciona eso?

La luminosidad no viene de tener muchos colores. Viene de tener las relaciones correctas entre pocos.

Cuando Sorolla pintaba la arena húmeda bajo un niño corriendo, no elegía el color de la arena. Elegía la relación entre la arena y la sombra del niño, entre la sombra del niño y el agua, entre el agua y el cielo. Cada color solo existía como diferencia respecto al siguiente.

La paleta de ocho colores no era una restricción que sufriera. Era la herramienta que le permitía trabajar así. Con cuatrocientos tubos habría tenido que decidir cuál usar cada vez que tocaba el lienzo. Con ocho, la decisión ya estaba hecha. Lo único que quedaba era mezclar y relacionar.

La traducción digital

Abre el picker del iPad. Cuéntalo. Dieciséis millones de colores.

¿Cuántas veces has empezado una ilustración sin decidir la paleta, has pintado durante una hora, y al volver a mirar has notado que los colores están peleados entre sí? Es lo mismo que le habría pasado a Sorolla si hubiera tenido cuatrocientos tubos. La diferencia es que él sabía que el exceso estorba. Nosotros creemos que ayuda.

Prueba esto durante tres piezas seguidas. Antes de dibujar, decide ocho colores. Ponles nombre si hace falta. Guárdalos en un grupo. No mires el picker otra vez hasta que la pieza esté terminada.

Los ocho de Sorolla eran pigmentos reales, mezclables entre sí sin ensuciarse. Los tuyos pueden ser ocho hex que funcionen juntos. Lo que importa es la restricción, no qué forma tome.

Lo que queda fuera del cuadro

Lo interesante de los ocho colores de Sorolla no es que sean ocho. Es que son los mismos ocho durante cuarenta años. Uno aprende a sacarle todo a un tubo solamente cuando sabe que mañana tendrá el mismo tubo.

La carta de colores grande da la ilusión de posibilidad. La paleta pequeña da la posibilidad real, porque enseña a dominar lo que tienes antes de pedir más.

Sorolla murió sin haber probado el verde esmeralda, el violeta cobalto, y una docena de pigmentos que ya existían en su época. No los necesitó.

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